Garry Kasparov:Enseñanzas sobre el poder

Buenos Aires, Viernes 7 marzo 2008

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En “La decadencia de la mentira”, Oscar Wilde sostiene la provocadora idea de que no es el arte el que imita a la vida, sino que es la vida la que imita al arte. Garry Kasparov, en su nuevo libro titulado “Cómo la vida imita al ajedrez” recrea la idea de Wilde y encuentra en el enigmático tablero de ajedrez enseñanzas inspiradoras y cruciales para la vida:

“(…) el único juego que pertenece a todas las personas y a todas las épocas; y del que nadie sabe qué divinidad lo legó a la tierra para matar el hastío, agudizar los sentidos y excitar el espíritu…la simplicidad de sus reglas está al alcance de los niños, los más burdos sucumben a su encanto y, sin embargo, en el interior de ese cuadrado de límites inmutables, se desarrolla una especie peculiar de maestros, que no tiene comparación con ninguna otra, hombres con un talento exclusivo para el ajedrez, genios específicos cuya visión, paciencia y técnica operan con un patrón preciso “

El libro de Kasparov está plagado de anécdotas sobre grandes partidas de ajedrez que son aquí diseccionadas para mostrar cómo en la historia del ajedrez puede verse (y aprender) del miedo, la voluntad, la reflexión, la visión, la intuición, la experiencia y la preparación para el “inevitable conflicto”.Pero éste no es de ningún modo un libro sobre ajedrez, éste es un libro sobre el poder; el poder sobre uno mismo y el poder sobre los otros. A continuación una selección de algunos párrafos de “Cómo la Vida Imita al Ajedrez” de Garry Kasparov.

Locos por el ajedrez
“Varios prominentes jugadores de ajedrez padecieron realmente profundos conflictos psiquiátricos durante o al final de sus carreras. EL maestro alemán Curt von Bardeleben se suicidó en 1924 arrojándose por una ventana, el mismo método que utiliza Luzhin en el libro de Nabokov. El primer campeón del mundo oficial, Wilhelm Steintz, pasó sus últimos años luchando contra la enfermedad mental. Uno de los jugadores de mayor éxito del primer cuarto del siglo XX, Akiba Rubistein, poco a poco fue víctima de una timidez patológica. Tras realizar un movimiento, se escondía en un rincón de la sala a esperar la réplica de su adversario”

Memoria de genio y partidas a ciegas
“El gran maestro polaco Miguel Najdorf quedó atrapado en Argentina cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Cuando la guerra acabó, Najdorf pensó en informar a su familia de Polonia de que había sobrevivido, ofreciendo la mayor exhibición de ajedrez a ciegas que se había celebrado nunca, con cuarenta y cinco tableros simultáneos. Es decir, 1440 piezas por controlar. La exhibición duró tanto que algunos de sus exhaustos oponentes tuvieron que buscar sustitos en la mitad del torneo. Tras casi veinticuatro horas de juego, Najdorf había conseguido treinta y nueve victorias, cuatro tablas y tan solo dos derrotas contra sus rivales, quienes, por supuesto, jugaban viendo el tablero”.

Un arte en el que no hay que olvidarse de ganar.
“El artista Marcel Duchamp era un ajedrecista enérgico y entregado. En un momento dado, incluso abandonó el arte por el ajedrez, afirmando que el juego “poseía toda la belleza del arte, y mucha más”. Duchamp confirmó este aspecto del juego cuando dijo “Personalmente, he llegado a la conclusión de que mientras los artistas no son jugadores de ajedrez, todos los jugadores son artistas”. Y es cierto que no podemos ignorar el elemento creativo, pese a que debemos analizarlo en contraposición al objetivo primordial de ganar la partida.”
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Japón

Buenos Aires, Martes 11 diciembre 2007

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De vez en cuando encuentro un párrafo notable. Puede ser en cualquier libro, en una película para niños y hasta en la televisión. En unas pocas líneas de texto alguien comprime una idea o la formula como nunca nadie lo hizo antes. Este ejemplo es de “El economista encubierto”, de Tim Harford:

“El economista David Friedman observa, por ejemplo, que para Estados Unidos existen dos maneras de producir automóviles: pueden fabricarlos en Detroit o pueden cultivarlos en Iowa. Cultivarlo en Iowa requiere una tecnología especial que convierte el trigo en Toyotas: sólo hay que colocar el trigo en barcos y enviarlo al océano Pacífico. Los barcos regresan al poco tiempo transportando Toyotas. La tecnología utilizada para convertir trigo en Toyotas en el Pacífico se denomina Japón.”

Link “El economista encubierto” de Tim Harford

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Cormac McCarthy: La carretera

Buenos Aires, Miércoles 28 noviembre 2007

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“Tiempo prestado y mundo prestado
y ojos prestados con que llorarlo”

C. McCarthy. La carretera

Richard Matheson imaginó en 1954 un último episodio para la historia de la humanidad donde todos los seres humanos se han convertido en vampiros, menos uno. Ese sobreviviente se llama Robert Neville , la novela “Soy Leyenda” . Matheson describe allí una versión del fin del mundo que se concentra minuciosamente en las tareas que hace Neville en un poblado vacío. Su rutina es encontrar comida, buscar combustible, fortificar el escondite, y repetir mensajes de radio buscando a otros sobrevivientes. Durante el día anda entre casas deshabitadas, calles sin nadie, negocios y supermercados a puertas abiertas. Por la noche lo aguarda el peligro atroz de una población completa de vampiros.

La novela de Matheson es una novela apocalíptica que se volvió un clásico de la literatura de terror. En 1964, el actor Vincent Price protagonizó una versión cinematográfica de esa historia que se llamó “The Last Man on Earth” (actualmente de dominio público) dirigida por Ubaldo Ragona y co-escrita por el propio Matheson. Ésta es la versión completa de la película (1h 26m)

Cincuenta y dos años después de “Soy Leyenda”, el novelista norteamericano Cormac McCarthy ganó el Premio Pulitzer 2007 por otra novela apocalíptica llamada “La carretera” (The Road). En ella un hombre y un niño son dos de los pocos sobrevivientes que han quedado en el mundo luego de una catástrofe planetaria que en la novela apenas es nombrada como un viejo recuerdo:

“Los relojes se pararon a la 1.17. Un largo tijeretazo de claridad y luego una serie de pequeñas sacudidas. Se levantó y fue a la ventana. ¿Qué pasa?, dijo ella. Él no respondió. Entró en el cuarto de baño y pulsó el interruptor de la luz pero ya no había corriente.”

De esa hecatombe han pasado tal vez siete u ocho años, la edad del chico. Desde entonces el padre y el hijo –ambos sin nombre- huyen hacia el sur por una carretera cubierta de cenizas y nieve, por tramos incendiada, con cadáveres calcinados que afloran negros con las bocas abiertas. Van los dos arrastrando un destartalado carrito de supermercado viendo a veces a su paso “Cosas extrañas esparcidas por la cuneta. Electrodomésticos, muebles. Herramientas. Cosas abandonadas tiempo atrás por peregrinos en ruta hacia sus diversas y colectivas muertes.”

En la novela de Matheson hay, de alguna manera, abundancia, buen clima y los monstruos son salidos de la imaginación de la literatura. En la de McCarthy no queda nada de nada, el mundo fue arrasado, el sol apenas ilumina durante el día a través de las nubes de ceniza, de noche no hay estrellas, ni luna, el frío es mortal. También hay monstruos, pero en este caso auténticos. Por esa ruta van los dos desamparados.

La carretera es una novela breve de apenas 210 páginas. El padre y el niño son sus dos únicos protagonistas que hablan entre sí lo imprescindible. Solo sobreviven aterrados, día por día, hora por hora:

“Acuclillados en la carretera comieron arroz frío y alubias frías que habían cocido días atrás. Empezando ya a fermentar. No había sitio donde hacer fuego sin que les vieran. Dormían acurrucados el uno contra al otro envueltos en las malolientes colchas en medio de la oscuridad y el frío. Él abrazando al chico. Tan flaco. Mi corazón, dijo. Mi corazón. Pero sabía que aun siendo un buen padre era muy posible que ella llevara la razón en lo que dijo. Que el chico era lo único que había entre él y la muerte.”

Dice en otro párrafo:

“El frío y despiadado girar de la tierra intestada. Oscuridad implacable. Los perros ciegos del sol en su carrera. El aplastante vacío negro del universo. Y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo.”

En alguna parte debe haber un índice de las historias más conmovedoras y tristes que se hayan escrito. Las circunstancias que viven este padre y ese hijo en “La carretera”, deben encontrarse allí.

Link “La Carretera” Cormac McCarthy
Gracias a Andrés Hax que me regaló esta novela

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Ratatouille: “Lo nuevo necesita amigos”

Buenos Aires, Lunes 12 noviembre 2007

La serie de películas producidas por Pixar siempre fueron sorprendentes por la perfección en su realización y por la originalidad de sus guiones. Mi preferida de todas ellas es Monster Inc, que ví alrededor de 40 veces durante un período en que mi hijo Vicente no quería ver otra cosa. Meses atrás fuimos al cine a ver “Ratatouille“, la última película de Pixar que se acaba de estrenar en DVD en Argentina.

Ratatouille tiene múltiples personajes e historias que sostienen una trama compleja y divertida. Ente ellos hay un famoso y temible crítico de restaurantes llamado “Ego”, conocido también como “El comensal cruel”. Sus agudas críticas pueden arruinarle la vida a cualquier Chef con un simple adjetivo. Hacia el final de esta historia, conmovido luego de una inusual cena en el restaurante Gusteau, Ego escribe una crítica honesta y ejemplar cuyo contenido excede en su profundidad a la propia película.

Dice Ego:

La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos. Arriesgamos poco y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio. Preferimos las críticas negativas, que son divertidas de leer y de escribir. Pero la triste verdad que debemos afrontar es que en el gran orden de las cosas, cualquier basura tiene más significado que lo que deja ver nuestra crítica. Pero en ocasiones el crítico, sí se arriesga cuando descubre y defiende algo nuevo. El mundo suele ser cruel con el nuevo talento, las nuevas creaciones. Lo nuevo necesita amigos.

Anoche experimenté algo nuevo, una extraordinaria cena de una fuente singular e inesperada. Decir solo que la comida y su creador han desafiado mis prejuicios sobre la buena cocina, subestimaría la realidad: me han tocado en lo más profundo. En el pasado jamás oculté mi desprecio por el famoso lema del chef Gusteau “Cualquiera puede cocinar”. Pero al fin me doy cuenta de lo que en realidad quiso decir. No cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero un gran artista puede provenir de cualquier parte. Es difícil imaginar un origen más humilde que el del genio que ahora cocina en el restaurante Gusteau´s, quien, en la opinión de este crítico, es nada menos que el mejor chef de Francia. Pronto volveré a Gusteau´s hambriento.

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