
A pocos días de las elecciones legislativas en Argentina, abundan avisos en la televisión, en la calle y en la web que se disputan con ferocidad al electorado. En casi todos esos avisos los políticos miran de frente a la cámara buscando los ojos del espectador para decirles que pueden cambiar -o no cambiar- la política, la realidad y el futuro, con su voto. ¿Es eso cierto? ¿De verdad es valioso nuestro voto? ¿Puede nuestro voto cambiar algo?
El economista Tim Harford se hizo esa pregunta y la respondió en su libro “La lógica oculta de la vida” en el capítulo llamado “Revoluciones racionales”. Eligió para analizar el valor del voto una de las elecciones más reñidas de toda la historia de las democracias, la elección del 7 de noviembre de 2000, cuando George Bush derrotó a Al Gore por apenas 537 votos.

A continuación publico una parte del texto de Harford que explica porqué estadísticamente nuestro voto no vale nada -o, mejor dicho, mucho menos de lo que creemos. Tal vez como dice Harford votamos “porque el proceso de votación en sí mismo nos hace sentir bien”.
FRAGMENTO:
* Nota: Es importante recordar que el voto en Estados Unidos no es obligatorio
“(…) Al final, el margen oficial de victoria de Bush en Florida fue solo de 537 votos. Al ganar en ese estado, Bush también ganó las elecciones presidenciales con el resultado más apretado de la historia de los Estados Unidos, y seguramente ese récord no se rompa por mucho tiempo. Los ciudadanos de la Florida que contemplaban la posibilidad de votar por Gore pero, en vez de ello, decidieron ver la televisión o coger el coche para ir al centro comercial debieron tirarse de los pelos.
O quizá no. Supongamos que vivías en Florida y querías que Al Gore ganara. ¿Hubiese establecido alguna diferencia tu voto? Aunque parezca mentira, es poco probable. Es difícil establecer con exactitud cuán poco probable, pero, lo mires como lo mires, tenías muy pocas posibilidades. En retrospectiva, muchos comentaristas concluyeron que este resultado tan reñido demostró que cada voto era importante. Eso es una tontería. En retrospectiva, había cero posibilidades de que emitieras el voto decisivo, porque si hubieses aparecido y votado por Gore, éste habría perdido por 536 votos en vez de 537.
Es más razonable preguntarse cuántas probabilidades hay de que tu voto resulte decisivo en unas elecciones que aparecen estar igualadas en los sondeos. En Florida, que tiene seis millones de votantes, con encuestas mostrando unas posibilidades en la carrera presidencial de 50/50 durante toda la campaña, la probabilidad de que tu voto realmente termine poniendo una diferencia es de una sobre 300.000.
Una sobre 300.000 no representa una gran probabilidad. Entonces, tú, un hipotético seguidor de Gore que se quedó en su casa el día de las elecciones, ¿deberías estar tirándote de los pelos? Eso depende de lo mucho que deseases que Gore fuera el ganador. Y eso depende de un experimento mental que quizá parezca difícil de digerir: ponerle un valor económico a tu voto. No estoy diciendo que habrías vendido tu voto si Dick Cheney hubiese aparecido en la puerta de tu casa y hubiera comenzado a tirar de talón. Todo lo que intento hacer es comparar cuánto te importaba la elección en relación con todas las cosas por las que uno puede preocuparse en el mundo. Así que imagina por un momento que emitiste el voto decisivo que llevó a Gore a la Casa Blanca ¿Cómo de bien te hubiese hecho sentir? ¿Tan bien como unas lujosas vacaciones en Barbados? ¿Mejor que un Lexus nuevo? (Y ahora se honesto; digo ¡un Lexus nuevo!) Pongamos que te hubiese hecho sentir mejor que unas vacaciones, pero no tan bien como un coche nuevo ¿Cuánto dinero significa eso? Alrededor de 3.000 dólares? O intenta otro experimento mental: supón que te encontrabas fuera de la ciudad el día de las elecciones y que de algún modo, te diste cuenta que tu voto decidiría el resultado. ¿Cuánto habrías pagado por un jet privado para llegar a un centro electoral?
Tal vez estés pensando, con indignación, en algo más de la línea de 300.000 dólares que de 3.000 dólares. Puede ser. Sin embargo, a mí, personalmente, por más que seas tú el que realizas el experimento mental, 3.000 dólares me parecen muchísimo. Sí, he sentido la desilusión al ver a la persona equivocada ganar las elecciones, pero me sentiría mucho más desilusionado si perdiese 3.000 dólares. Con una preferencia de 3.000 dólares por Gore, no habría sido racional emitir tu voto, porque habría sido igual de improbable que lograses marcar la diferencia. Si tenemos en cuenta que la probabilidad de que tu voto hubiese establecido esa diferencia es de una sobre 300.000, entonces el valor estimado de tu voto es de un centavo: 3.000 dólares por esa vez que habría logrado establecer la diferencia divididos por las 300.000 veces que no lo habría logrado. Difícilmente sorprendería a alguien que un soborno de un centavo lograse sacar a muchas personas del pacer de su sofá. Y si insisten en que hubiesen en preferido ver a Al Gore en la Casa Blanca en lugar de 300.000 dólares extras en tu cuenta corriente (¿estás seguro?), aun en ese caso tu voto solo valdría un dólar. Aunque fueses la clase de persona a la que le gusta comprar billetes de lotería, ésas son pésimas posibilidades.
(…) Resumamos: en las elecciones presidenciales más apretadas de la historia, en el estado con la carrera a la presidencia más reñida, incluso el partidista más apasionado habría sido un tonto si hubiese pensado que valía la pena votar con la esperanza de que su voto podría ser el que marcase la diferencia. ¿Significa que los votantes son tontos? No exactamente. Significa que los votantes no votan con la expectativa de que influirán en el resultado de la elección. Votamos porque el proceso de votación en sí mismo nos hace sentir bien.”
¿Ya sabés donde votar?
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